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[quote="la mirada pizpireta"]Hola! Sigo con la recuperación de antiguas historias pizarreras. Que tengais una buena tarde. Y un b.set! LA COPA DE MAR - Una copa de mar, por favor... Lo hemos oído bien: tú, yo y hasta Rebeca, la perra, que de puro reflejo ha preferido llevar a cabo sus investigaciones a ras de suelo sobre el mundo del zapato en la reducida parcela que soporta nuestra mesa. De ser chuchos, probablemente nosotros hubiéramos reaccionado igual. No era para menos. La cara que ha puesto el camarero componía a la perfección uno de esos poemas cosidos de ambigüedad y desaforadas llaves de interrogación. Fíjate, todavía le dura. Primeramente, Manolo - pues casi seguro que se llama Manolo, como todo buen camarero - ha oído sin escuchar. La rutina del trabajo (o el cinismo de la complacencia) y este calor embrujado que suelta sus lagartos cuando reclama las vergüenzas al termómetro, obliga a entrar al nuevo cliente con idéntico desinterés mecánico con que se despachó al anterior. Por eso Manolo se limitó al quédesea, sin más, y maquinalmente apuntó en su libretita semejante disparate, quedando a continuación su mente en blanco. Imagínatelo: lee y relee aquella frase. Una vez. Otra. Estira la pupila. Y al final - según nuestra apreciación - llega a la conclusión de que todo había sido motivado por alguna interferencia del gentío que, en aquellas horas, se agrupaba ante el kiosco para engañar la sed. No le quedaba, en efecto, más remedio que volver a las andadas... - Perdone, el ruido no me dejó escuchar bien... Ahora Manolo mira al cielo mientras varias gotas de sudor se le columpian por las sienes pidiendo clemencia a papá azul... - Una copa de mar, por favor... Los mismos decibelios. La misma intensidad. Lo que le faltaba para completar la mañanita. Resulta que había escuchado bien. Pobre Manolo. Contempla - no te pierdas - cómo se transforma su expresión, cómo se yerguen las cejas y la frente danza un vals epiléptico. Vaya por Dios. Manolo - a mi entender - sólo pretende pagarse los estudios con el dinero que gane estos meses. En estos momentos su interior se ha convertido en un vertiginoso patinaje de neuronas. No sé que jeroglíficos está recreando sobre el papel de la libretita pues no para de mirar solapadamente al conflictivo cliente, en un picado cinematográfico: parece normal, no posee la desdichada cara del líder, ni hace pensar en otros sexos, ni se ha escapado de un circo; los antebrazos cruzados insinúan una corpulencia bastante considerable; no es feo, no es guapo; las oscuras gafas que se arrinconan aprovechando el espacio de las cuevas del ojo le dan, eso sí, cierto aspecto misterioso de hombre intelectual, ensimismado y bueno; está claro que lo de "la copa de mar" no constituye broma alguna. - Enseguida, señor... Resignación. La vida sigue y eso es lo malo. Otras mesas requieren los servicios de Manolo, que acude hacia la barra a fin de que sus compañeros rompan la hipnosis en que se encuentra... - Oye, el de la mesa tres quiere una copa de mar, que día... - ¿Una copa de qué?... - Una copa de mar, sí, ¡de mar! m-a-r, lo que te digo... - ¡Eh, jefe, socorra al Manolo, ande, que por ahí un loco le ha pedido una copa de mar, como lo oye! ¡una copa de mar!... - Pues que yo sepa esa combinación no viene en la última enciclopedia de la cocktelería, revisada y ampliada por un cuadro de competentes técnicos en alta hostelería, ¿y quién ha sido el ocurrente? - El de las gafas oscuras de la tres, hable con Manolo, está en su zona. El servicio se ha paralizado por unos instantes, qué remedio. Los camareros, apiñados ante el mostrador, encuentran un pretexto para cortar un poquito el hilo de la marioneta programada que se van sintiendo. Todos aportan sus ocurrencias: que si en Suiza existe algo parecido, (ése, el de la tres...), seguro que es snob del drink, o un gilipollas, (esto lo ha dicho, el canijo del pelirrojo), que debía prohibirse pedir bebidas raras a estas horas del día en que hay más clientela, (esto lo ha dicho el jefe), que si voy a llamar a Paco, que es todo un profesional graduado en turismo y en excentricidades alcohólicas, y no como vosotros, advenedizos imberbes (ignoro quién ha dicho esto porque se ha esfumado en un abrir y cerrar de ojos), que si toda la gente pidiera "aiguacebá", no pasaría esto, que me suena a uno de esos licores metafísicos chinos, como el de la primavera, el de bambú, o el de la noche celeste, que no digas tonterias, hombre, eso es más castizo que tu padre, sin insultar, eh, no empecemos, que Paco dice que nos está tomando el pelo, tontos, que esto va a terminar mal, que le digas a Paco, de todas formas, que venga, que venga, que está con otras cosas, que se va a cabrear, que bueno, y qué, que viene Paco y dice "in situ" que coño, ni que fuera premio nobel de la barra libre, pues claro... que eso se la ha inventado el menda de las gafas... nos ha fastidiado este libro del entendedor... Semejantes situaciones se repiten con bastante frecuencia. Se podría decir que estimulan una modorra veraniega muy particular de un bar de obligado tránsito para los turistas que desean bajar a la playa, distante de allí a sólo unos pasos. Desde el autosuficiente yanki que solicita "empire star o.k." hasta la impresionante nórdica que pide "sangre de toro on the rocks", todo se ha visto por allí, brotando de aquel desfile de cuerpos haciendo un corte de mangas al pudor. Y, ahora, la copa de mar. (Rebeca, estate quieta, que me distraes): Parece ser que han optado por la solución más segura: dar largas al asunto hasta que el cliente se canse y se marche hecho unos zorros al tiempo que pone en entredicho la eficiencia del bar y la increíble negligencia hispánica. Así que los camareros continúan su faena como si nada hubiera pasado. El trabajo se ha ido acumulando poco a poco, por lo que se presenta fácil eludir al arrinconado peticionario. Si pudiéramos traspasar la barrera de cristal opaco, triste, casi sórdido, encerrado en una montura de líneas rígidas, deslizándose de vez en cuando por el desfiladero de la nariz hasta que, inmediatamente, el corazón, en la mano, la vuelve a subir; si pudiéramos desbaratar el hermetismo de su figura, como petrificada, glacial, rota en el tiempo, intentando clavarse en el murmullo de las olas y en la salada alegría del bañista que nos envía sus risas; si consiguiéramos, siquiera, una mueca diferente en ese rostro eterno, serenamente eterno. Pero no, percátate, hay que echarle paciencia a la cosa: a pesar de que Manolo restriega su actividad y su indiferencia por delante de sus narices, a pesar de que hace ya casi veinte minutos que se inició el enredo o incidente, como queramos llamarlo, archivado hipócritamente en los sótanos de la memoria, a pesar de que el calor se va haciendo insoportable, ahí lo tienes, con sus axilas presumiblemente empapadas y el infierno en sus labios, sin que se le oiga la más mínima protesta, con aire conformista. Por algún poro debía explotar el espacio - no crees... -. Bien podía ser a través del acurrucado espectador en su actitud de insecto disecado, inmóvil, bien podía ser a través de Manolo, un barman de tierra adentro con las vísceras de la bondad del trigo, o bien por el chef, al que no le había dado resultado, quizás por primera vez, el plantón usual. El primero sabía y podía esperar. El jefe le quitaba importancia a la cuestión escupiendo adrenalina a alguno de sus subordinados. A Manolo, sin embargo, la máscara y el carnaval le entrecortaban la respiración y no conseguía compaginar el ritmo emprendido con la lógica más elemental, de forma que en pocos segundos había servido a aquella anciana de la esquina, pacífica y ojerosa, ¿la ves?, vamos, de pena, una ginebra doble con hielo, y a este mocetín con estampa de play-boy al quite, una manzanilla bien cargada. No daba pie con bola. Ahí lo tienes con la bandeja llena de refrescos, sin saber quién pidió esto o aquello. Así que se detiene otorgándose la calma necesaria para llevar a cabo una culminación feliz, y - como quien se da ánimos -, discute conciliadoramente consigo mismo. ¡Ya está!. La idea. No cabe duda. La definitiva. El relámpago de genialidad que siempre llega casi coincidiendo con el momento oportuno. Manolo va a proponer una solución. Para ello deja sobre el mostrador los alfileres y sus nervios. - Mire, jefe, aquí estamos para servir, eso es lo que usted me ha enseñado desde el primer día que me incorporé a este bar, ¿no?, el cliente siempre tiene razón, frase pronunciada por Confucio cuando montó una horchatería con Lao Tsé en el oriente remoto, aunque a veces limemos nuestras triquiñuelas, vale, pues si aquel tío, digo monstruo, de la tres nos ha pedido una copa de mar yo voy y se la llevo. Tan fácil. Manolo abre el estante de la vajilla de las grandes ocasiones y saca una copa de cristal de Murano que chispea luminosidad, la repasa varias veces con la gamuza, la gasta a fuerza de echarle el aliento, se descalza, sube el doble a sus pantalones y se dirige a la playa. - Este se quiere ir al paro por la puerta grande - ha comentado el compañero que friega los platos -. Llega a la orilla, y allí, con la lentitud ritual de las rápidas ceremonias, introduce la copa en el agua hasta sacarla limpia, rebosante, invisible, pellizco inquieto de este mar Mediterráneo. No busques, en la carta del establecimiento no se especifica exhibición alguna con intenciones folklóricas para turistas deshauciados. Ya llega Manolo con su copa de mar, después de componer su uniforme, alisarse resueltamente el cabello, y mantener el aturdimiento del público en general con este último cartucho. El tiempo había sufrido una fortuita zancadilla de la que saldría ileso o paralítico, el desenlace lo diría. Manolo se acerca con toda naturalidad al cliente y, como si nada, sitúa sobre la mesa el posavaso, la copa y el ticket de la factura. - Su copa, señor... Y se retira unos pasos. Inmediatamente aquel personaje extraño, centro de nuestro interés durante este largo rato, se aproxima el pedacito rescatado de mediterráneo a la nariz y lo huele, sólo lo huele, profunda y pausadamente, a sorbos, como si quemara su aroma. Con alguna dificultad hurga en su bolsillo de su pantalón hasta conseguir sacar un billete. Busca en la silla cercana un bastón, tome, señor, para apoyar su ceguera. Sin duda, era incapaz de observar nuestras bocas abiertas entendiendo por fin. Una vez erecto, apoyando con holgura y gracia su presunta invalidez en tan largo interrogante de madera, antes de emprender la marcha, se despide de nosotros dejando caer para atrás, hacia ningún lugar en concreto, unas cuantas palabras. Manolo y yo lo hemos oído. Ha dicho: - Gracias, hacía tiempo que no bebía un azul de mar tan intenso.[/quote]
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la mirada pizpireta
Publicado: Mar Jun 22, 2004 17:53
Asunto
: La copa de mar
Hola!
Sigo con la recuperación de antiguas historias pizarreras.
Que tengais una buena tarde.
Y un b.set!
LA COPA DE MAR
- Una copa de mar, por favor...
Lo hemos oído bien: tú, yo y hasta Rebeca, la perra, que de puro reflejo ha preferido llevar a cabo sus investigaciones a ras de suelo sobre el mundo del zapato en la reducida parcela que soporta nuestra mesa. De ser chuchos, probablemente nosotros hubiéramos reaccionado igual. No era para menos. La cara que ha puesto el camarero componía a la perfección uno de esos poemas cosidos de ambigüedad y desaforadas llaves de interrogación. Fíjate, todavía le dura. Primeramente, Manolo - pues casi seguro que se llama Manolo, como todo buen camarero - ha oído sin escuchar. La rutina del trabajo (o el cinismo de la complacencia) y este calor embrujado que suelta sus lagartos cuando reclama las vergüenzas al termómetro, obliga a entrar al nuevo cliente con idéntico desinterés mecánico con que se despachó al anterior. Por eso Manolo se limitó al quédesea, sin más, y maquinalmente apuntó en su libretita semejante disparate, quedando a continuación su mente en blanco.
Imagínatelo: lee y relee aquella frase. Una vez. Otra. Estira la pupila. Y al final - según nuestra apreciación - llega a la conclusión de que todo había sido motivado por alguna interferencia del gentío que, en aquellas horas, se agrupaba ante el kiosco para engañar la sed. No le quedaba, en efecto, más remedio que volver a las andadas...
- Perdone, el ruido no me dejó escuchar bien...
Ahora Manolo mira al cielo mientras varias gotas de sudor se le columpian por las sienes pidiendo clemencia a papá azul...
- Una copa de mar, por favor...
Los mismos decibelios. La misma intensidad. Lo que le faltaba para completar la mañanita. Resulta que había escuchado bien. Pobre Manolo. Contempla - no te pierdas - cómo se transforma su expresión, cómo se yerguen las cejas y la frente danza un vals epiléptico. Vaya por Dios. Manolo - a mi entender - sólo pretende pagarse los estudios con el dinero que gane estos meses. En estos momentos su interior se ha convertido en un vertiginoso patinaje de neuronas. No sé que jeroglíficos está recreando sobre el papel de la libretita pues no para de mirar solapadamente al conflictivo cliente, en un picado cinematográfico: parece normal, no posee la desdichada cara del líder, ni hace pensar en otros sexos, ni se ha escapado de un circo; los antebrazos cruzados insinúan una corpulencia bastante considerable; no es feo, no es guapo; las oscuras gafas que se arrinconan aprovechando el espacio de las cuevas del ojo le dan, eso sí, cierto aspecto misterioso de hombre intelectual, ensimismado y bueno; está claro que lo de "la copa de mar" no constituye broma alguna.
- Enseguida, señor...
Resignación. La vida sigue y eso es lo malo. Otras mesas requieren los servicios de Manolo, que acude hacia la barra a fin de que sus compañeros rompan la hipnosis en que se encuentra...
- Oye, el de la mesa tres quiere una copa de mar, que día...
- ¿Una copa de qué?...
- Una copa de mar, sí, ¡de mar! m-a-r, lo que te digo...
- ¡Eh, jefe, socorra al Manolo, ande, que por ahí un loco le ha pedido una copa de mar, como lo oye! ¡una copa de mar!...
- Pues que yo sepa esa combinación no viene en la última enciclopedia de la cocktelería, revisada y ampliada por un cuadro de competentes técnicos en alta hostelería, ¿y quién ha sido el ocurrente?
- El de las gafas oscuras de la tres, hable con Manolo, está en su zona.
El servicio se ha paralizado por unos instantes, qué remedio. Los camareros, apiñados ante el mostrador, encuentran un pretexto para cortar un poquito el hilo de la marioneta programada que se van sintiendo. Todos aportan sus ocurrencias: que si en Suiza existe algo parecido, (ése, el de la tres...), seguro que es snob del drink, o un gilipollas, (esto lo ha dicho, el canijo del pelirrojo), que debía prohibirse pedir bebidas raras a estas horas del día en que hay más clientela, (esto lo ha dicho el jefe), que si voy a llamar a Paco, que es todo un profesional graduado en turismo y en excentricidades alcohólicas, y no como vosotros, advenedizos imberbes (ignoro quién ha dicho esto porque se ha esfumado en un abrir y cerrar de ojos), que si toda la gente pidiera "aiguacebá", no pasaría esto, que me suena a uno de esos licores metafísicos chinos, como el de la primavera, el de bambú, o el de la noche celeste, que no digas tonterias, hombre, eso es más castizo que tu padre, sin insultar, eh, no empecemos, que Paco dice que nos está tomando el pelo, tontos, que esto va a terminar mal, que le digas a Paco, de todas formas, que venga, que venga, que está con otras cosas, que se va a cabrear, que bueno, y qué, que viene Paco y dice "in situ" que coño, ni que fuera premio nobel de la barra libre, pues claro... que eso se la ha inventado el menda de las gafas... nos ha fastidiado este libro del entendedor...
Semejantes situaciones se repiten con bastante frecuencia. Se podría decir que estimulan una modorra veraniega muy particular de un bar de obligado tránsito para los turistas que desean bajar a la playa, distante de allí a sólo unos pasos. Desde el autosuficiente yanki que solicita "empire star o.k." hasta la impresionante nórdica que pide "sangre de toro on the rocks", todo se ha visto por allí, brotando de aquel desfile de cuerpos haciendo un corte de mangas al pudor. Y, ahora, la copa de mar. (Rebeca, estate quieta, que me distraes):
Parece ser que han optado por la solución más segura: dar largas al asunto hasta que el cliente se canse y se marche hecho unos zorros al tiempo que pone en entredicho la eficiencia del bar y la increíble negligencia hispánica. Así que los camareros continúan su faena como si nada hubiera pasado. El trabajo se ha ido acumulando poco a poco, por lo que se presenta fácil eludir al arrinconado peticionario. Si pudiéramos traspasar la barrera de cristal opaco, triste, casi sórdido, encerrado en una montura de líneas rígidas, deslizándose de vez en cuando por el desfiladero de la nariz hasta que, inmediatamente, el corazón, en la mano, la vuelve a subir; si pudiéramos desbaratar el hermetismo de su figura, como petrificada, glacial, rota en el tiempo, intentando clavarse en el murmullo de las olas y en la salada alegría del bañista que nos envía sus risas; si consiguiéramos, siquiera, una mueca diferente en ese rostro eterno, serenamente eterno. Pero no, percátate, hay que echarle paciencia a la cosa: a pesar de que Manolo restriega su actividad y su indiferencia por delante de sus narices, a pesar de que hace ya casi veinte minutos que se inició el enredo o incidente, como queramos llamarlo, archivado hipócritamente en los sótanos de la memoria, a pesar de que el calor se va haciendo insoportable, ahí lo tienes, con sus axilas presumiblemente empapadas y el infierno en sus labios, sin que se le oiga la más mínima protesta, con aire conformista.
Por algún poro debía explotar el espacio - no crees... -. Bien podía ser a través del acurrucado espectador en su actitud de insecto disecado, inmóvil, bien podía ser a través de Manolo, un barman de tierra adentro con las vísceras de la bondad del trigo, o bien por el chef, al que no le había dado resultado, quizás por primera vez, el plantón usual. El primero sabía y podía esperar. El jefe le quitaba importancia a la cuestión escupiendo adrenalina a alguno de sus subordinados. A Manolo, sin embargo, la máscara y el carnaval le entrecortaban la respiración y no conseguía compaginar el ritmo emprendido con la lógica más elemental, de forma que en pocos segundos había servido a aquella anciana de la esquina, pacífica y ojerosa, ¿la ves?, vamos, de pena, una ginebra doble con hielo, y a este mocetín con estampa de play-boy al quite, una manzanilla bien cargada. No daba pie con bola. Ahí lo tienes con la bandeja llena de refrescos, sin saber quién pidió esto o aquello. Así que se detiene otorgándose la calma necesaria para llevar a cabo una culminación feliz, y - como quien se da ánimos -, discute conciliadoramente consigo mismo.
¡Ya está!. La idea. No cabe duda. La definitiva. El relámpago de genialidad que siempre llega casi coincidiendo con el momento oportuno. Manolo va a proponer una solución. Para ello deja sobre el mostrador los alfileres y sus nervios.
- Mire, jefe, aquí estamos para servir, eso es lo que usted me ha enseñado desde el primer día que me incorporé a este bar, ¿no?, el cliente siempre tiene razón, frase pronunciada por Confucio cuando montó una horchatería con Lao Tsé en el oriente remoto, aunque a veces limemos nuestras triquiñuelas, vale, pues si aquel tío, digo monstruo, de la tres nos ha pedido una copa de mar yo voy y se la llevo. Tan fácil.
Manolo abre el estante de la vajilla de las grandes ocasiones y saca una copa de cristal de Murano que chispea luminosidad, la repasa varias veces con la gamuza, la gasta a fuerza de echarle el aliento, se descalza, sube el doble a sus pantalones y se dirige a la playa.
- Este se quiere ir al paro por la puerta grande - ha comentado el compañero que friega los platos -.
Llega a la orilla, y allí, con la lentitud ritual de las rápidas ceremonias, introduce la copa en el agua hasta sacarla limpia, rebosante, invisible, pellizco inquieto de este mar Mediterráneo. No busques, en la carta del establecimiento no se especifica exhibición alguna con intenciones folklóricas para turistas deshauciados. Ya llega Manolo con su copa de mar, después de componer su uniforme, alisarse resueltamente el cabello, y mantener el aturdimiento del público en general con este último cartucho. El tiempo había sufrido una fortuita zancadilla de la que saldría ileso o paralítico, el desenlace lo diría. Manolo se acerca con toda naturalidad al cliente y, como si nada, sitúa sobre la mesa el posavaso, la copa y el ticket de la factura.
- Su copa, señor...
Y se retira unos pasos. Inmediatamente aquel personaje extraño, centro de nuestro interés durante este largo rato, se aproxima el pedacito rescatado de mediterráneo a la nariz y lo huele, sólo lo huele, profunda y pausadamente, a sorbos, como si quemara su aroma. Con alguna dificultad hurga en su bolsillo de su pantalón hasta conseguir sacar un billete. Busca en la silla cercana un bastón, tome, señor, para apoyar su ceguera. Sin duda, era incapaz de observar nuestras bocas abiertas entendiendo por fin. Una vez erecto, apoyando con holgura y gracia su presunta invalidez en tan largo interrogante de madera, antes de emprender la marcha, se despide de nosotros dejando caer para atrás, hacia ningún lugar en concreto, unas cuantas palabras. Manolo y yo lo hemos oído. Ha dicho:
- Gracias, hacía tiempo que no bebía un azul de mar tan intenso.
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