Hydra
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Publicado: Sab Sep 01, 2012 09:00 Asunto: |
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Gracias, Samanta. Copio aquí el artículo de DAM sobre Bonezzi, ayer en EL País.
“El cruel ocaso de Bernardo Bonezzi” (Diego A. Manrique, El País, 31/08/12)
http://blogs.elpais.com/planeta-manrique/2012/08/el-cruel-ocaso-de-bernardo-bonezzi.html
Tengo identificado a Bernardo Bonezzi con el puro inicio de la nueva ola (en lenguaje vulgar, la movida). A finales de 1979, acababa de instalarme en el centro de Madrid; un nuevo vecino, Antonio Gastón, inauguraba El Sol, fastuoso local donde debutaba un grupo llamado los Zombies. Nada que ver con la banda de Rod Argent y Chris White: los Zombies madrileños estaban encabezados por, oíamos maravillados, un
quinceañero de origen italiano. Eran tan precoces que parecía que ni siquiera pasaron por la etapa de las maquetas. Pero sí, estuvieron en el radar de Polydor hasta que Bernardo dio un golpe de mano y cambió de personal. Los nuevos Zombies grabaron inmediatamente para RCA; en pocos meses, su Groenlandia sonaba hasta en las radio fórmulas.
La crónica de la movida ha sido tan manipulada que se han olvidado detalles históricamente tan significativos como que la mayor parte de los grupos lanzados en 1980 se estrellaron comercialmente; el país estaba poco maduro para tantas audacias. Groenlandia fue una de las raras excepciones. Encajaba con la voluntad cosmopolita de aquella insurgencia cultural; hasta se susurraba que la música derivaba de un spot de la televisión italiana (el título original del tema fue Megaciclos) Bernardo ejercía de enfant terrible en una banda abundante en personajes carismáticos, como Álex de la Nuez o la seductora Tessa.
Eran tan modernos como los Pegamoides o los primeros Radio Futura. Pero mandaba la fuerza centrífuga de Bernardo, que disolvió finalmente el grupo tras dos elepés. Para entonces, ya era un most valued player; ayudó a dar definición musical al delirio de Almodóvar & McNamara. En la famosa taxonomía de la nueva ola, “están los que se pintan el pelo y los que no”, Bernardo se apuntó a los primeros, más visibles y –se supone- más divertidos.
Y encontró un hueco en otra multinacional, CBS, donde creían que el pop se prefabricaba y quedaba más mono con capas de estética gay. Entre los vapores cabezones del movimiento de los Nuevos Románticos, se montó Bonezzi-St. Louis, un dúo con vocalista negra y estadounidense. Paloma Chamorro, que pastoreaba el clan de los pelos oxigenados, tiró la casa por la ventana y le dedicó toda una Edad de Oro. Un regalo envenenado: tan exagerado resultó el hype, tan inseguro el artista, que aquello terminó allí mismo. Finito. The end.
El punto neurótico de Bonezzi le alejaba de las batallas cotidianas del pop: la búsqueda de temas comerciales, los pactos con las emisoras, los bolos en los pueblos. Pero sus amplios recursos, su visión musical, su entusiasmo por el cine le permitieron reciclarse en compositor de bandas sonoras. Años de vino y rosas, aunque creí detectar que Bernardo se aislaba socialmente: le veías de vez en cuando en algún concierto o presentación pero ya formaba banda aparte.
Hasta que, a principios de siglo, dejó de divertirle ese oficio. Encontró, aseguraba, demasiada ingratitud en el mundo del cine; consideró como una humillación que Almodóvar le reemplazara a la hora de hacer los scores (algo, por cierto, perfectamente normal en ese negocio). Retomó la idea del artista solista, aunque empezó lanzando, a través de Karonte, unos discos instrumentales de escaso espectro comercial.
Estuve cerca cuando decidió volver a cantar y ¡pisar los escenarios!. Me refiero a La esencia de la ciencia, ese disco que no existe para tantos escritores de necrológicas (no aparecía ayer en la Wikipedia, ay). Cuando lo escuché, todavía inédito, me quedé horrorizado: por decirlo suavemente, no estaba bien mezclado ni adecuadamente cantado. El síndrome de Juan Palomo: solo en su casa-estudio de la calle Princesa, Bernardo carecía de objetividad para juzgar lo que estaba haciendo. Las discográficas, grandes o pequeñas, no querían saber nada.
No suelo atreverme a ejercer de consejero agorero pero le escribí avisándole; necesitaba que lo escuchara un ingeniero experto en mezclas, con oídos frescos y profesionales. Y, en contra de lo previsible, aceptó las críticas y rectificó. Además, se lanzó de cabeza al proyecto. Hizo promoción, con entrevistas que le mostraban agudo y culto. Organizó una sólida banda techno-funk para el directo, fabricó merchandising (y varios miles de discos: era -claro- una autoedición), se pagó videos, se buscó un manager, montó una gira.
Adicto a las redes sociales, con sus miles de “amigos”, creía que ahí afuera había un considerable público esperándole. Un espejismo. Las actuaciones fueron pinchazos, aunque luego buscáramos excusas apresuradas: “claro, coincidía con el partido-del-siglo”. Como Carlos Berlanga, bebía demasiado; una caída desdichado le permitió anular dignamente algunos bolos que se preveían desastrosos. Pero no renunció a presentarse en Madrid, Sala Caracol.
Allí acudimos muchos supervivientes de la nueva ola, aunque hubo ausencias curiosas. A cambio, algunos también se trajeron a algunos de sus hijos, que -disculpen el eufemismo- no entendían mucho aquella propuesta. Recuerdo el rechazo horrorizado de unas adolescentes ante la aparición de una Tessa desatada, inevitablemente embriagada por los focos. Y la mirada resignada de Bernardo, aguantando que se le quitara protagonismo en lo que pretendía fuera su reivindicación como creador pop: las televisiones se cebaron en ese momento.
El fracaso, ya se sabe, no tiene padres. Juan, su compañero, intentó evitar su descenso a la depresión, el enrocarse en nadie-me-quiere. Bonezzi se retiró a lamerse sus heridas. A intentar recuperar algo de la inversión: “si compras La esencia de la ciencia, te lo envio autografiado”. Su ultimo mensaje en Facebook decía “I’m fading to black”. Me estoy desvaneciendo a negro.
Y ahora, las lagrimas de los cocodrilos. Esos capos del indie, que hace unos meses no le devolvían las llamadas, hoy planeando homenajes al "gran Bonezzi". Y no, en Sony no tienen planes para reeditar sus primeros discos. Hacen bien: siempre saldría un idiota, en blog o en papel, acusando a la malvada multinacional de explotar a los muertos. El problema es que Bernardo QUERÍA ser explotado, pretendía remezclar sus grabaciones con Zombies y St. Louis, insistía en destacar lo ambicioso de sus propuestas. Pero estamos en España, la más cruel de las madrastras. Aquí, ni siquiera matamos a los artistas: preferimos dejar que se mueran. Solos, despreciados, olvidados.
[El último párrafo, además de ser desolador, parece que lleva "mensajito".] |
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Jot Down Invitado
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Publicado: Mar Sep 04, 2012 20:03 Asunto: |
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Articulo de José Antonio Montano en Jot Down
Del precioso y demoledor artículo que Diego Manrique escribió sobre Bernardo Bonezzi, me golpeó en especial esta frase, quizá porque se nos puede aplicar a todos: “Adicto a las redes sociales, con sus miles de ‘amigos’, creía que ahí afuera había un considerable público esperándole. Un espejismo”. De pronto me vi, nos vimos, como Bonezzi: fracasados, gordos, solos, muertos. Detrás de los brillos de internet, nada. Los chisporroteos de un cadáver, ya desde antes de morir.
Escucho ahora Groenlandia y caigo en que empieza, como la vida de Bonezzi, terminando: “Todas las secuencias han llegado a su conclusión”. Ese verso tiende un puente, como el propio nombre del grupo, Zombies, hacia sus últimas palabras en internet: “I’m fading to black” (negro de Groenlandia). Y hacia las necrológicas de estos días, en las que se repite la expresión “niño prodigio”. Niño prodigio en las necrológicas, sin que apenas haya habido nada en medio: solo unas cuantas bandas sonoras y la sintonía de una serie de Milikito. Su momento grande en los conciertos seguía siendo el de la música que compuso a los trece años. Como decía Cyril Connolly: “A quien los dioses quieren destruir le llaman prometedor”.
Pero el arte es necrológico, y ahora no puede oírse Como en un espejo sin una tristeza insoportable. Está presente el morbo, claro; pero hay algo más. La muerte aporta lingotes. La obra que no tenía potencia por sí sola, y que se encontraba perdida entre las demás, se distingue de repente. La muerte le ha concedido lo que hoy le suele faltar al arte: aura, sacralidad. Por un tiempo esa obra será un ataúd de oro para el artista, para la memoria del artista; aunque también se irá desgastando, hasta que desaparezca la ventaja. Habrá sido, de nuevo, un destello de espejismo. Lo que aporta la muerte caduca: en realidad depende de su proximidad a la vida.
Yo fui un adolescente que seguía la Movida desde la provincia, pero cuando llegué a Madrid no la encontré. Para mí siempre fue un espejismo. Era algo que estaba en La Edad de Oro, en Radio 3, en algunas revistas, en las canciones; también en las historias que se contaban, y en un libro posterior, Sólo se vive una vez: esplendor y ruina de la movida madrileña. Recuerdo que leí este libro de 1991 en 1996. Sus protagonistas ya estaban bastante hundidos, y yo no podía quitarme de la cabeza que aún habían pasado cinco años más. A partir de entonces ya todo han sido necrológicas; y decadencias que, luego, hemos ido rastreando por Google.
Pero confieso que aquel espejismo me animó la vida. Y, diga lo que se diga, fue bueno para el país. En aquellos años se acumularon, en plan cutre, torpezas vanguardistas retrasadas; pegamos un estirón de modernidad, sin mucha sustancia pero con lo que necesitábamos, que era respirar un poco. Era estimulante, por ejemplo, dar en el instituto a los dadaístas y que en la tele salieran tipos que se parecían a ellos. La vocación que hoy predomina es la de quedarse atornillado al pueblo o a la región, y el que tiene que emigrar lo hace a regañadientes. Qué lejos se ha quedado aquel chico de trece años que lo primero que quiso fue irse a Groenlandia. Aquello es ya Groenlandia. |
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